A modo de presentación

 

   El paisaje, el esplendoroso contexto geográfico donde se sitúa Tarifa ha determinado su Historia. Tarifa es encrucijada de pueblos y culturas, de hombres y mujeres que vivieron y sintieron, que amaron y entregaron su fe y devoción a deidades de la Tierra y el Mar, a dioses paganos y la fe revelada por los Libros Sagrados, primero la Biblia y quizá también el Talmud, luego el Corán y finalmente, de nuevo, la fe predicada por Jesús Nazareno.

   Una ciudad donde la presencia oriental, semítica, se siente en cada rincón, en un urbanismo encorsetado entre murallas, de calles estrechas e intrincadas donde se abren plazas que sirven de lugar de encuentro, en gran parecido con las ciudades situadas al otro extremo del Mediterráneo, en la lejana Palestina, sólo la climatología nos distancia de aquel mundo.

   Un espacio urbano, que en tiempos, era cruzado por un riachuelo que dividía en dos su recinto amurallado, y que nos dibujaba al fondo la silueta de un Golgota a las puertas de lo que hoy es la ciudad vieja.

   En este espacio se levantaba en una vieja medina musulmana que tenía y tiene como fondo esplendoroso las montañas de África, allí se edificaron mezquitas para dar culto a Dios Clemente y Misericordioso, cuyo nombre y atributos cantaron los almohedanos desde sus minaretes en la llamada a la oración.

   Pero un 21 de septiembre la Historia cambió, era el año del señor de 1292 y Sancho IV de Castilla y León entraba triunfante en la población, ello supuso la sustitución de la población musulmana por gentes cristianas procedentes del norte peninsular, que trajeron su fe y sus creencias, de esta manera las mezquitas se convirtieron en iglesias y ello fue lo que sucedió los templos llamados, a partir de entonces, Santa María y Santiago.

   Allí, los cristianos comenzaron a realizar sus cultos y a venerar las imágenes de Jesús y de su Santísima Madre, la Virgen María. Allí surgieron, sin duda, las primeras cofradías tarifeñas, fueran o no penitenciales.
Cultos y veneraciones que se extendieron a las dos nuevas edificaciones religiosas levantadas por los cristianos a finales del siglo XIV, en el recinto urbano que se edificaba a los píes de los barrios de Almedina y Aljaranda, las iglesias de San Francisco y San Mateo.

   Es en estos inciertos momentos cuando algunos tienden a situar la existencia una antiquísima cofradía llamada de la Vera Cruz, de la que solo nos quedan algunas referencias a comienzos del siglo XVIII.

   Eran los momentos finales de la Edad Media, momentos de crisis y renovación religiosa, de nuevas órdenes monásticas practicantes de la pobreza, eran momentos del miedo a la fugacidad de la vida y de la llegada de la muerte, que a todos igualaba, de procesiones de flagelantes, de cambios en las antiguas hermandades gremiales, que se convierten de forma paulatina en hermandades de penitencia.

   Penitencia con la que se pretende conseguir la gracia divina, fundamental en un mundo donde regía temor no sólo a la muerte, sino, además, a la suerte en el más allá. Miedo y angustia que desembocó en reflexiones y debates sobre materias doctrinales que sacudieron el seno de la Iglesia, llevando a nuevos planteamientos de fe y a una dolorosa división: el cisma entre protestantes y católicos.

   La reforma católica ahondó en el culto a la Virgen y a los Santos, unas manifestaciones de religiosidad popular que se convirtieron desde Trento en oficiales. La Iglesia vio con agrado la proliferación y popularidad de las hermandades y cofradías, que unían al pueblo a la fe oficial, realizando una verdadera catequesis colectiva, donde la imagen era algo esencial para un pueblo mayoritariamente iletrado, potenciando, al mismo tiempo, la práctica penitencial tanto en Cuaresma como en la Semana de Pasión.

   Una Semana de Pasión que en tierra andaluza tuvo un momento clave, el viaje que a comienzos del siglo XVI, en 1518, realizó a Jerusalén Fadrique Enriquez de Rivera, I marqués de Tarifa, allí asistió a la practica penitencial del Via Crucis a lo largo de la Vía Dolorosa.

   La experiencia dejo profunda huella en un hombre sensible y devoto, que a su regreso a Sevilla instauró dicha práctica penitencial, que se desarrollaba entre la puerta de su palacio, conocido desde entonces como la Casa de Pilatos, hasta las afueras de la capital hispalense, hasta la llamada Cruz del Campo.

   Pronto la práctica del Via Crucis se fue extendiendo a lo largo de la ciudades españolas, según Alonso Fernández de Portillo a comienzos del siglo XVII se realizaba en Gibraltar teniendo como final la ermita de San Juan el Verde o de Nuestra Señora de la Consolación, en cuyos alrededores se situaban "... un Calvario con muchas cruces, estaciones y pasos en memoria de los que Christo anduvo en por nuestra salvación, obrada por la devoción y las limosna de del Almirante Roque Centeno, que lo fue de la Armada del Estrecho.... fue esto por el año 1623..." .

   No debió andar muy a la zaga Tarifa, donde era costumbre secular que durante la cuaresma predicase un fraile nombrado por el obispo de la diócesis y que solía proceder bien del convento de Santo Domingo de Alcalá de los Gazules o bien del de la Santísima Trinidad de Tarifa.

   No hay tampoco dudas sobre la existencia de un Calvario, situado en el llamado Cerro de las Tres Cruces, el nombre lo dice todo, y del cual el ingeniero real Gerardo Cohen dejó testimonio en un plano de la población del año 1646.

  Allí era donde probablemente terminaba un recorrido penitencial desarrollado a lo largo de la ciudad, y que debió estar jalonado de estaciones penitenciales. Si en el recorrido sevillano las estaciones se presentaban mediante azulejos, en Tarifa hace algunos años descubrimos, que las estaciones eran más rústicas, pero no por ello menos bellas, se trataba de un lienzo de estuco, que recubría las paredes exteriores de una casa en la calle y plaza Calderón de la Barca, sobre el estuco una serie de dibujos geométricos, imitando una serie o hilera de ladrillos que culminaban, ya en la plazuela, en la figura de una cruz de contorno color negro y de fondo rojo almagra.

  Tarifa, pueblo de proverbial pobreza, tuvo que remediar la falta de recursos a través del empleo de materiales humildes, humildes como el estuco y la pintura, siguiendo la vieja tradición decorativa mudéjar.

   En la práctica del Vía Crucis debieron participar disciplinantes y penitentes, quizás organizados en forma de cofradías, ¡las más antiguas cofradías tarifeñas!, reconstruir su historia, es una labor de años, en la que algunos sacrificados investigadores de lo local están empeñados, una labor que necesita de todas las colaboraciones y aportaciones posibles, solo de esta manera los vacíos, que aún son inmensos como el mar, podrán ir llenándose y ésta es la misión, el objetivo general, y al tiempo específico, de esta página web, abierta a todas cuantas contribuciones y propuestas quieran realizar sus lectores.

 

                                                                              En Tarifa y octubre de 2014

Juan José Medina y López de Haro

 
Colabora  Francisco J. Moreno Gávez  (Consejo Local de HHyCC)

Última modificación: Martes, 22 de Abril de 2014 (Nuevo menú sobre la Semana Santa 2014)